¿Transformaciones económicas y sociales en Cuba: reforma técnica o reconfiguración política?

Antes (18 de noviembre de 1959), Fidel había advertido: “Ver con claridad es salvar la nación (…), significa salvar al pueblo, y por tanto nuestro deber ver con claridad y hacer que nuestros enemigos vean que nosotros vemos con claridad.” Hoy más que nunca, se necesitan lentes específicas para una realidad concreta, diferente de todo el periodo revolucionario anterior. Esto es vital, especialmente teniendo en cuenta la responsabilidad compartida de guiar conscientemente su rediseño, minimizando el caso y el alcance social y político de los riesgos.
Los días 17 y 18 de junio de 2026, la Sesión Extraordinaria Plenaria del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y la Sesión Extraordinaria de la Asamblea Nacional del Poder Popular aprobaron 176 medidas económicas y sociales, agrupadas en 23 ejes temáticos, respectivamente. Este conjunto de medidas se ha formalizado bajo el título “Transformaciones económicas y sociales” (Gobierno de la República de Cuba, 2026)2.
Tales medidas presuponen un proceso político y técnico de importancia primordial, que reconfigura las relaciones de propiedad, la estructura socio-social, la planificación, el papel del mercado y la planificación, la estructura del Estado y la vida cotidiana de la población.
Este ensayo pretende delinear el carácter político de las transformaciones, partiendo de tres fundamentos teóricos y políticos — el enfoque sistémico, la dialéctica económico-política y la naturaleza popular de clase del ejercicio del poder político — cuyo examen nos permite argumentar que ninguna de las 176 medidas es autosuficiente y que su carácter socialista depende de la mediación política que las articula sistemáticamente.
Su valor, si acaso, reside en la honestidad del análisis y en la invitación al debate.
El enfoque sistémico: una condición para la posibilidad de una transformación socialista
El documento gubernamental sobre las Transformaciones dice: “Tras un extenso proceso de consulta y debate dentro del Buró Político, la Sesión Extraordinaria del Comité Central del Partido, la Asamblea Nacional del Poder Popular y el Consejo de Ministros, las 176 Transformaciones Económicas y Sociales, agrupadas en 23 ejes temáticos, han sido actualizadas y aprobadas…” (Gobierno de la República de Cuba, 2026).
Ten en cuenta que estamos hablando de “176 transformaciones”. ¿Pero puede toda medida considerarse realmente una transformación en el sentido político previsto?
No se trata aquí de diferencia semántica, sino de lograr la mayor precisión política posible. Una medida es un ajuste puntual que resuelve un problema inmediato, mientras que una transformación indica un cambio estructural que altera la base del sistema en la dirección deseada.
No todas las medidas, por sí mismas o de forma tendenciosa, se transforman en una dirección socialista; algunos incluso pueden irse, y otros irse, en la dirección contraria. Lo que se cuestiona en esta discusión lógica no es la capacidad transformadora de una u otra medida, sino el alcance socialista o prosocialista de cada medida, en la medida en que, en política, toda acción tiene un propósito marcadamente interesado; en este caso, la de contribuir a hacer posible la continuidad de la construcción socialista en Cuba, en la medida de lo históricamente posible.
Por ejemplo, la eliminación de los topes de precios (Eje 13) por sí sola, en un contexto de escasez, genera inflación e inyectad; la eliminación de subvenciones generalizadas (Eje 9) afecta a los más vulnerables. Es evidente que estos ajustes, realizados de forma aislada, no producen transformaciones orientadas hacia lo que necesitamos.
El mecanismo sistémico como mediación política
La relación entre la eliminación de los precios máximos (Eje 13), que genera inflación y especulación descontroladas, la eliminación de subvenciones a productos (Eje 9), que encarece las necesidades básicas para los más pobres, y la autorización de grandes empresas privadas con múltiples propiedades (Eje 1), que provoca la concentración de riqueza y poder en pocas manos, Genera un círculo vicioso: precios altos, protección social debilitada, nuevos ricos sin contrapesos.
Esto equivale a polarización social, pérdida de la hegemonía política del proyecto revolucionario y el desarrollo de una protoburguesía con intereses
Externo al socialismo.
Por el contrario, el enfoque sistémico articula ejes estructurales, sectoriales y transversales. El siguiente ejemplo de aumento de la producción lechera en una cooperativa es ilustrativo: los ejes estructurales (1 y 2) permiten que la cooperativa se transforme, si es necesario, en una empresa conjunta con participación privada y/o estatal y le otorgan derechos de gestión sobre la tierra, manteniendo la propiedad social.
De este modo, la cooperativa obtiene autonomía y capital. El eje sectorial (7) le permite importar insumos, exportar directamente y fijar precios de mercado. Con la base estructural mencionada anteriormente, esta medida estimula la producción. Por su parte, los ejes transversales (ejes 9, 12 y 21) le imponen responsabilidad social (vender a precios justos a grupos vulnerables), le garantizan beneficios fiscales para inversiones sociales y le obligan a operar en una plataforma digital de cadenas de suministro y control.
Como resultado de este enfoque sistémico, la cooperativa produce más y vende mejor, pero la política social se financia con sus beneficios, el control es digital y el Estado sigue desempeñando un papel principal. Si solo se aplicara el Eje 7, se obtendría más leche pero a precios exclusivos; si solo fuera el Eje 1, habría empresas mixtas sin tierras ni mercado. La interacción de los tres tipos de ejes es lo que transforma la adaptación en una transformación socialista.
Las dimensiones políticas del enfoque sistémico del cambio
El enfoque sistémico destaca cuatro dimensiones políticas de las transformaciones: en primer lugar, el modelo de gobernanza y el cambio en la distribución del poder territorial (Ejes 4 y 5).
Reducir la administración central y promover la autonomía de los municipios es una decisión política destinada a descentralizar el poder, convertir a los gobiernos locales en gestores de su propio desarrollo y redefinir plenamente la función ejecutiva del Estado.
Cabe añadir que la autonomía constituye una oportunidad extraordinaria para avanzar hacia la afirmación efectiva del pueblo como sujetos de poder.
En segundo lugar, los aspectos históricos del “contrato social” y de la relación entre el Estado y el ciudadano (Eje 9) se transforman, a medida que se están modificando acuerdos, prácticas, normas —a veces no escritas pero aplicadas— que históricamente han existido entre el Estado y los ciudadanos y que han definido la organización de la vida en común, los lazos, el agradecimiento, las lealtades, las lealtades, el contrato social y el social, se están modificando. el sentido del deber y la responsabilidad, el grado de dignidad, etc.
Por ejemplo, la medida 70 elimina las subvenciones a productos y las convierte en subvenciones a las personas, lo que supone el fin del paternalismo universalista y
la transición a un modelo de protección dirigida; La política deja de ser “dar cosas” para convertirse en “gestión de riesgos”.
En tercer lugar, hay cambios en la concepción de la base social del proyecto revolucionario (ejes 1 y 2). Por ejemplo, al permitir la existencia de empresas privadas con más de 100 trabajadores, múltiples propiedades, la compra de acciones y derechos reales sobre la superficie de la tierra, el Estado promueve deliberadamente la formación de una nueva clase social — que tendremos que comprometernos a hacer nacional y patriótica — lo que nos obliga a construir un nuevo pacto de gobernabilidad con estos actores y la necesidad de responsabilidad social. Lo cual no es filantropía, sino una nueva forma institucionalizada de alineación política e integración en el proyecto.
En cuarto lugar, se redefine el sistema de control y soberanía (Ejes 21 y 23). Si la economía se abre, el control político debe reinventarse. El Eje 23, por ejemplo, establece un grupo de trabajo del Comité Central con la Fiscalía y el MININT para reformular el control, ya que la evasión fiscal o el blanqueo de capitales no son delitos económicos menores, sino actos de subversión política contra la capacidad redistributiva del Estado; Además, la digitalización no es solo tecnología, sino soberanía de los datos.
En conclusión, el enfoque sistémico es la primera base que transforma las medidas en transformaciones a favor de la continuidad de la construcción socialista. Sin ese mecanismo, que es políticamente interesado, como es lógico, no hay transformación socialista.
La dialéctica economía-política: el eje de la totalidad
Es necesario interpretar el carácter sistémico de las transformaciones — ese todo concreto, dinámico y contradictorio — partiendo de los ejes de la totalidad sociohistórica que sostienen la interdependencia de las partes; La principal es la relación dialéctica entre economía y política.
Sin ella, las 176 medidas serían una colección de ajustes técnicos en la economía. Es la articulación política dirigida la que puede darles el carácter de transformaciones orientadas hacia la continuidad socialista.
La crisis económica y social es el primer motor que obliga a la política a actuar. Las medidas responden a una situación extrema; La economía no sugiere cambios, los exige con urgencia. El diagnóstico de “obstáculos internos”, “lentitud” y “burocracia”, formulado repetidamente por el discurso político partidista (Díaz Canel, 2026, 18 de junio), revela que el modelo anterior tenía rendimientos decrecientes. La aparición de actores no estatales fragmenta el monopolio de la gestión centralizada, descontextualiza el aparato administrativo e impone transformaciones como la reducción del tamaño del Estado (Eje 4), la autonomía municipal (Eje 5) y la reformulación del control (Eje 23).
En conclusión, la situación económica pone de manifiesto la necesidad de un cambio político y la política reacciona para adaptarse.
La política como filtro contra la deriva capitalista
Si las transformaciones económicas se dejan a la arbitrariedad exclusiva del mercado, generan relaciones capitalistas de producción que reconfiguran la superestructura en detrimento del socialismo. La economía no es neutral; Las relaciones de producción tienen una vocación intrínseca que responde a la naturaleza de las formas de propiedad. Si no se guían con una perspectiva socialista legítima, tienden a producir burocracia estatista o acumulación privada y concentración de riqueza en pocas manos.
La política debe ser el timón que evite el estancamiento o la restauración capitalista, no un espectador. No se trata de negar el mercado, sino de integrarlo en el proyecto socialista, que requiere preparación de cuadros, voluntad, planificación y, sobre todo, un control popular efectivo.
Las 176 medidas representan una etapa de un proceso histórico, una parte del Plan Nacional de Desarrollo hasta 2030 y deben integrarse en las Estrategias Provinciales de Desarrollo (Eje 3). Se mantienen los pilares del socialismo — la propiedad social de los medios básicos de producción, la planificación (de los equilibrios macroeconómicos), la mayor justicia social posible y el poder político popular — pero se abren los espacios de mercado para liberar las fuerzas productivas, donde el Estado no llega, mediante ciertos cambios en las relaciones de propiedad y nuevas dinámicas en las relaciones de producción.
Esta riqueza generada debe canalizarse por la política a través de impuestos, cadenas de producción y responsabilidad social, para financiar los servicios sociales universales. En resumen, la política no puede definirse como un bombero que apaga incendios, sino como un arquitecto que diseña un edificio con cimientos socialistas y ventanas abiertas al mundo, asegurando la continuidad histórica.
La política como “sintetizador” de contradicciones dialécticas
La dialéctica entre economía y política se “sintetiza” dialécticamente en dispositivos concretos. Tomemos el caso de los precios y la protección social: se eliminan los límites máximos de precios (Eje 13) y la comercialización de productos agrícolas se vuelve más flexible (Eje 7).
La contradicción inmediata deriva del hecho de que esto podría representar una liberalización salvaje, pero la intervención política articulada prevé precios diferenciados y cuotas de solidaridad (Eje 9), tasas impositivas reducidas para el sector agrícola (Eje 12) y la gestión local de la soberanía alimentaria (Eje 5). La política no ignora el mercado, sino que introduce mecanismos paralelos que impiden que el mercado devora la sociedad, sintetizando, con un sentido de negación dialéctica, la contradicción entre el beneficio económico y la necesidad social socialista.
Otros ejemplos: la venta de acciones con mayoría de participación del Estado en sectores estratégicos (Eje 1, medida 17) impone un límite a la propiedad; la eliminación de las subvenciones a productos con la creación simultánea del Fondo de Protección Social (Eje 9, medidas 70-71) redistribuye lo que la economía desregula.
La relación entre economía y política no es solo un intercambio entre dos esferas, sino un proceso que reconfigura toda la sociedad: las relaciones de propiedad y producción cambian, surge una nueva estructura de clases sociales, el sistema de valores (la percepción de lo que es justo y legítimo) se altera, y los modelos culturales y estilos de vida se transforman. La política, así como el trabajo político e ideológico, deben acompañar y dirigir estos cambios, de lo contrario la gente los percibirá como una traición.
En resumen, la dialéctica entre economía y política constituye un proceso de transformación social total que afecta a la estructura social, los valores y la vida cotidiana, y requiere cambios sustanciales en la cultura política revolucionaria, preservando al mismo tiempo su base de principios.
El valor operativo de la relación dialéctica entre economía y política radica en impedir la adopción de una medida económicamente eficaz pero políticamente suicida, o una medida políticamente simbólica pero económicamente insostenible, que obligue a gobernar y dirigir dentro de la contradicción dialéctica.
El núcleo de estas contradicciones se expresa de la siguiente manera: el propio desarrollo económico desencadenado por ciertas transformaciones de la política aprobada genera fuerzas que, si no son rechazadas por otras transformaciones concebidas por esta política, o circunscritas por nuestra Constitución y nuestras leyes, pueden volverse contra el socialismo.
Por esta razón, el carácter sistémico de la política regula y puede subordinar la economía a los fines superiores de la justicia social y el poder político popular. Esta contradicción no es un defecto de diseño, sino su característica esencial. Es el motor que nos obliga a dirigir y gobernar en tensión, a tomar decisiones sistémicas, a no dejar ningún espacio económico sin su acompañamiento político.
Cuando el enfoque sistémico de la política flaquea, la contradicción se resuelve en favor únicamente del interés privado; donde es firme, a favor del socialismo. No es que resolvamos primero la economía y luego la política; Todo está al unísono.
Porque mientras producimos riqueza, estamos produciendo relaciones sociales y son precisamente esas relaciones sociales, de cierta calidad, las que determinan o deshacen el camino hacia el socialismo.
En la práctica, esto significa recurrir a filtros políticos concretos para abordar dialécticamente las contradicciones inherentes a esta relación entre economía y política.
Tales filtros constituyen mecanismos institucionales y prácticas de participación, control y discusión que deben atravesar tales decisiones antes de implementarse, para asegurar que no se desvíen, en la medida de lo posible, del interés socialista, que protejan a los más vulnerables y que estén sujetos al control popular.
Por ejemplo:
Antes de aprobar inversiones extranjeras, evalúa la cadena nacional de producción (Eje 1) y la transferencia tecnológica.
Antes de eliminar una subvención, asegúrate de que la plataforma de “Soberanía” funcione a nivel municipal.
Antes de autorizar una gran empresa privada, es necesario diseñar mecanismos de control popular y participación ciudadana (Eje 5).
Esta segunda fundación enfatiza la necesidad de hacer de la unidad y la lucha de los opuestos entre economía y política el “puesto de mando” diario de la dirección y el gobierno de las transformaciones.
La naturaleza popular de clase en el ejercicio del poder político
Llegamos a la base más exigente: la duración y el fortalecimiento del poder político revolucionario requieren preservar y potenciar la naturaleza popular de clase de su ejercicio. Fidel lo expresó en 1995: “¿Quién ostenta el poder? ¿Está el poder en manos de la burguesía, de la burguesía y para la burguesía? ¿Está el poder en manos de los capitalistas, tanto de los capitalistas como de los capitalistas? La cuestión del poder es fundamental (…) porque si está en manos del pueblo, si está en manos de los trabajadores, no de los ricos, no de los millonarios, entonces se puede hacer una política a favor del pueblo” (Castro, 6 de agosto).
Las transformaciones son socialistas si se gestionan explotando las posibilidades de fortalecer el poder de los trabajadores y del pueblo como súbditos; es decir, en la capacidad de la clase popular de ejercer el poder político revolucionario.
Esta es una condición intrínseca de la función social general de este ejercicio, que se refiere a la garantía de la correlación dialéctica entre la creación del orden público, la integración social y la estabilidad política partiendo de la resolución de las necesidades y conflictos diarios de la población y la nación y la generación histórica de un conjunto de valores y relaciones socialistas, hecho posible gracias a la constitución y la reproducción histórica activa del pueblo como sujetos de poder y la apropiación óptima de las condiciones nacionales dentro del marco de la situación internacional.
Por su parte, la cualidad del ejercicio del poder político revolucionario como clase popular, que, como se ha expresado, constituye una condición para esta función, se manifiesta, en todo espacio político, a través de la constitución y la reproducción histórica activa del pueblo-sujeto, aumentando la intensidad, integridad y permanencia con las que se logran los siguientes atributos: a) la articulación de su diversidad socioestructural en atención a su naturaleza multiclase; b) la construcción y el mantenimiento de relaciones políticas predominantemente colaborativas y mutuamente de ayuda entre gestores y gestores, así como dentro de cada uno de los dos subgrupos del tema mencionado mediante prácticas participativas políticamente coherentes; c) la viabilidad, concretización y efectividad de la capacidad para tomar decisiones y controlar a las personas sobre los objetivos de interés; d) la producción de satisfacción política, tanto material como subjetiva.
A continuación se enumeran los atributos constitutivos de la cualidad de clase popular del ejercicio del poder político:
La naturaleza multiclase de la sociedad cubana debe articularse en torno al proyecto socialista, no simplemente tolerarse. Consideremos lo que parece ser una de las expresiones más disruptivas en los cambios en la estructura socio-social: el Eje 1 mide 20-21, que permite la existencia de empresas privadas con más de 100 trabajadores y múltiples propiedades. Estas medidas reconocen, aunque implícitamente, la existencia de una nueva clase privada propietaria, una burguesía o proto-burguesía.
Pero sin conexión con otras dinámicas, generan una concentración de riqueza y poder en unas pocas manos. La interconexión necesaria surge de lo siguiente: Eje 8, medida 64 (Responsabilidad Social Corporativa), establece la obligación de estos actores de participar en el pago de pensiones, apoyar comedores comunitarios, residencias de ancianos, transporte público y crear fondos de emergencia locales.
Esta medida es fundamental porque está vinculada a otras nueve y, gracias a su enfoque sistémico, transforma al empresario privado en un actor del proyecto, más allá de su carácter estrictamente económico, y no en un sujeto ajeno y socialmente fragmentado; El Eje 12, medida 112, (Incentivos fiscales para el sector social), premia fiscalmente a quienes invierten en el sector social, lo que contribuye a la articulación entre interés privado y necesidad colectiva; El Eje 5, medida 43j (Gobernanza, control popular y participación ciudadana) establece que la articulación de la diversidad de actores no se resuelva al azar en el mercado, sino en espacios de deliberación y control municipal.
Sin estas interconexiones, las medidas 20-21 darían lugar a una burguesía desconectada del proyecto revolucionario, fragmentando la base social del socialismo en lugar de integrarla y articularla institucionalmente.
La construcción y el mantenimiento de relaciones políticas predominantemente colaborativas y mutuamente de ayuda entre líderes y directivos (instituciones y personas), como parte del pueblo-sujeto, es imposible fuera de la participación. Esta colaboración requiere una relación entre el líder y el directo, definida por atributos fundamentales como los siguientes:
a).- Horizontalidad en la deliberación. La participación no puede ser una consulta
formalmente en la que ya se han tomado decisiones. Por ejemplo, las medidas 43-46, descentralizando competencias y recursos, obligan a directivos y directivos a dialogar sobre el territorio.
La horizontalidad es un requisito funcional: sin ella, la descentralización se convierte en aislamiento y el control en una reprimenda.
b).- Coconstrucción de soluciones. Las medidas 43k (Gestión de Proyectos, Conocimiento y Formación) y 50 (Transformación de los Requisitos y la Gestión de Proyectos de Desarrollo Local) indican que la participación no solo sirve para expresar opiniones, sino para proponer e implementar, construyendo relaciones vinculantes. Los proyectos de desarrollo local, por ejemplo, se convierten en espacios en los que directivos y directivos deben coconstruir soluciones, superando la lógica de “arriba decide, abajo ejecuta”.
c). La confianza política como base de la relación. Por ejemplo, la medida 63 (Plataforma de Soberanía), al hacer transparente el registro de personas vulnerables, convierte la confianza en un hecho verificable. La confianza derivada de la acción ejecutiva y de toma de decisiones se transforma en confianza política, que también está influida por innumerables factores en los que la percepción de coherencia y transparencia ético-política es fundamental, ya que la confianza no se pide ni se decreta; está construido. Las mediciones digitales (164, 169) son herramientas para esta construcción.
d). Reportar como práctica diaria. Aunque no aparece explícitamente en las medidas, es el corolario necesario de la participación. El sistema del Poder Popular, con sus asambleas municipales y órganos, es el espacio institucional para la contabilidad, pero esto, por necesidad, va más allá de esos espacios.
Las medidas, al descentralizar competencias, hacen que la información sea más cercana y tangible para la población; por lo tanto, hay más demanda y mejor valor.
Los mecanismos institucionales de participación y la calidad necesaria de las relaciones políticas requieren un compromiso político por parte de todo el sistema político, liderado por el Partido, que garantice:
A nivel ideológico: ofrecer marcos interpretativos que den sentido a las nuevas relaciones y las sitúen en la continuidad de la Revolución.
A nivel cognitivo: la articulación permanente entre conocimientos técnicos y políticos. La invisibilidad o la visibilidad insuficiente de las transformaciones de una de estas esferas compromete la apropiación total de la otra. Debe procurarse que la división social del trabajo no provoque el efecto alienante de una compartimentación funcional entre lo técnico y lo político.
A nivel organizativo: mediante el desarrollo de la estructura territorial (organizaciones de base, comités municipales y provinciales) para acompañar la implementación de las medidas, no para ejercer control burocrático, sino para identificar tensiones, canalizar demandas y corregir desviaciones. Identificar las buenas y malas prácticas desde el principio puede ser un recurso valioso. La organización del partido es el nervio sensible que permite experimentar la colaboración en todos los territorios.
A nivel de comunicación, para que la colaboración sea visible, comprensible y apreciada por la población. No basta con que los actores colaboren; La población debe sentir que esta cooperación beneficia a todos. Para ello, las prácticas de comunicación deben articular los aspectos sociales y políticos en las esferas comunitaria, institucional y mediática.
A nivel ético, asegurarse de que la colaboración no resulte en complicidad con prácticas corruptas o clientelistas. La naturaleza ejemplar de los cuadros, militantes y revolucionarios es la garantía moral de que la colaboración no es un espacio de privilegio, sino del bien común.
El objetivo último de la garantía política no es la colaboración en sí misma, sino la construcción del poder político popular. La colaboración es un medio para que el pueblo-sujeto se constituya activamente en el proceso de transformaciones socialistas.
La participación popular y la calidad de las relaciones entre líderes y quienes están dirigidos no son elementos sociales adicionales a una transformación económica. Son un espacio esencial en el que se juega la mediación de la contradicción dialéctica entre economía y política.
Analizando el asunto de forma esquemática, desde un punto de vista económico, la participación popular garantiza que la riqueza generada no se concentre ni se desvíe; El control popular es el freno a la deriva capitalista.
Desde un punto de vista político, la participación popular es el motor de la legitimidad; Sin ella, las transformaciones se perciben como imposiciones tecnocráticas.
La capacidad de tomar decisiones y controlar a las personas sobre los objetivos de interés.
La viabilidad, concretización y eficacia de la capacidad de toma de decisiones y el control popular sobre los objetivos de interés requieren el desarrollo y la apropiación política productiva de las capacidades ideológicas y culturales que configuran el poder social popular creado por la Revolución.
En este sentido, las medidas especifican mecanismos concretos. Así, por ejemplo, la efectividad de la medida 43j (Eje 5) depende de:
En el Eje 21, medida 165 (IA en la administración pública con supervisión humana y equidad territorial): la IA no sustituye la decisión popular, sino que la apoya con información y trazabilidad; Sin embargo, la supervisión humana y la equidad territorial son los filtros que impiden la tecnocracia.
En el Eje 11, las medidas 99-100 (Mercado de Divisas y Devaluaciones) pueden generar inflación e inequidad si no hay control popular sobre precios y subsidios. La interconexión con el Eje 13, la medida 117 (Eliminación de los topes de precios) y el Eje 9, medidas 70-71 (Subvenciones a las personas y Fondo de Protección Social), es lo que permite que el control popular no sea una ilusión. El Fondo de Protección Social es un requisito previo para las transformaciones, y los precios sin límites máximos se compensan mediante subvenciones específicas y control municipal sobre la comercialización.
En el Eje 22, las medidas 173-175 (Sistema estadístico adecuado, índices de precios) subrayan que sin datos fiables y públicos, el control popular es ciego. Estas medidas proporcionan la información necesaria para que los ciudadanos y las administraciones locales evalúen el impacto de las transformaciones. Sin estas interconexiones, el control popular es solo un eslogan: no hay datos que decidir, no hay mecanismos para frenar la inflación, no hay transparencia en el mercado de divisas.
La voluntad popular se vuelve impotente.
La satisfacción política, tanto material como subjetiva, no está decretada; Está construido con medidas que generan resultados tangibles, basados en la verdad y con la mayor optimización posible del tiempo político.
Las medidas orientadas a esto incluyen, por ejemplo, las Medidas 72 y 73 (Eje 10) sobre aumentos salariales y salario mínimo anual, y la Medida 82 sobre despido con una compensación de 3 a 6 salarios. La satisfacción material comienza con ingresos y seguridad ante el despido. Sin embargo, sin el Eje 9, medida 71 (Fondo de Protección Social), la eliminación de subvenciones a los productos afecta a los más vulnerables; es el Fondo el que transforma el ajuste en protección y no en abandono; El Eje 8, medida 66 (Recursos para personas vulnerables), proporciona medios de producción a pequeña escala a personas en situaciones vulnerables, para que puedan entrar en el mundo laboral y superar esta condición; El Eje 8, medida 65 (Fortalecimiento del trabajo social con un enfoque proactivo y preventivo), no espera que ocurra la crisis; se anticipa y se previene, generando confianza en el Estado; Eje 12,
Medida 113 (Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas) y Medida 112 (Incentivos fiscales):
redistribuyen la riqueza generada por los nuevos actores, financiando los servicios sociales universales. Sin estas interconexiones, los aumentos salariales se erosionan por la inflación, la pérdida de empleos genera vulnerabilidad y las personas más débiles quedan excluidas del sistema; Como resultado, la satisfacción política o bien se consolida o se derrumba.
Ahora, la satisfacción política depende no solo de si las transformaciones se traducen en mejores ingresos, empleos y servicios, sino también de la confianza, la esperanza y el crecimiento de la autoestima popular y nacional. Por ello, se genera satisfacción política cuando se articulan las experiencias de diferentes grupos sociales e individuos respecto al aumento de su dignidad, resultado de ser considerados activamente a nivel político, el bienestar material razonable y el acceso igualitario a servicios básicos, todo ello transformándose en seguridad individual y colectiva, lo que se traduce en confianza, esperanza y autoestima.
Este tercer fundamento, desde el que se abordan las transformaciones en el presente ensayo, no es un apéndice moral de los dos primeros; constituye su corazón político. Sin ella, el enfoque sistémico y la dialéctica económico-política pueden dar lugar a una gestión tecnocrática eficiente pero vacía de contenido socialista. En última instancia, ninguna de las medidas mencionadas es por sí sola suficiente para garantizar la cualidad de clase popular del ejercicio del poder. Cada uno requiere integración con los demás para que el pueblo, como sujeto, no sea una abstracción, sino una realidad política que opera a nivel político, ético y material.
El papel del partido y el Estado: Resumen de su unidad en la diversidad
El artículo 5 de la Constitución de la República de Cuba establece que el Partido Comunista de Cuba, “único, marciano, fidelista, marxista y leninista, vanguardia
El liderazgo organizado de la nación cubana, basado en su carácter democrático y vínculo permanente con el pueblo, es la fuerza suprema dirigente de la sociedad y del Estado, que organiza y dirige esfuerzos comunes hacia los altos objetivos de construir el socialismo y avanzar hacia la sociedad comunista” (ANPP, 2019).
El artículo 1, por su parte, define a Cuba como “un estado socialista de derecho y justicia social, democrático, independiente y soberano, organizado con todos y para el bien de todos como una república unitaria e indivisible, fundada en el trabajo, la dignidad, el humanismo y la ética de sus ciudadanos” (ANPP, 2019). El artículo 3 establece que: “En la República de Cuba, la soberanía reside de manera irreversible en el pueblo, del cual deriva todo el poder del Estado. El pueblo la ejerce directamente o a través de las Asambleas del Poder Popular y los demás órganos del Estado que de ellas deriven, en la forma y conforme a las normas establecidas por la Constitución y las leyes” (ANPP, 2019).
El Partido como mediador de la contradicción
El Partido es responsable de trazar las directrices básicas. Las medidas no son un fin en sí mismas, sino herramientas para implementar las Directrices de política económica y social y dar continuidad al Programa de Gobierno. El Partido establece objetivos estratégicos y define límites que no deben superarse, haciendo que su cumplimiento sea una obligación para todos los actores. Debe actuar como un integrador sistémico que armonice la lógica de las transformaciones, impida que algunos ejes y medidas prevalezcan sobre otros, y asegure que todos convergan hacia el objetivo común: la construcción socialista en un contexto de urgencia económica, sin renunciar a la justicia, la soberanía y la emancipación.
El papel del Partido respecto a los indicadores macroeconómicos es doble y dialéctico: no se limita a exigir que los datos regresen, sino que asume la responsabilidad política de asegurar que estos indicadores se logren sin perder de vista los objetivos socialistas y sin sacrificar la justicia social. Esta responsabilidad se divide en dos dimensiones inseparables:
Papel de controlador y garante político directo de la estabilización macroeconómica. Con esto en mente, el Partido lleva a cabo tareas como: monitorizar los saldos fundamentales (Eje 3), exigir la eficacia de los instrumentos financieros y fiscales (Ejes 11 y 12), señalar la necesidad de tomar medidas correctivas en caso de desviaciones y supervisar la eficiencia del sector empresarial estatal (Eje 1).
Papel del filtro ideológico y social. En este sentido, por ejemplo, no se regocijan en un superávit presupuestario o crecimiento del PIB si estos se obtienen a costa de la normalización de la explotación laboral, la concentración de la riqueza en manos privadas o el desmantelamiento de la propiedad social; garantizar la protección de los más vulnerables (ejes 8 y 9), gestionar la subjetividad y el apego a la verdad, explicar por qué una medida es necesaria pero también escuchar el sentimiento popular y asegurar que los incentivos fiscales cumplan su propósito productivo y no se conviertan en mecanismos de evasión o simples ahorros para particulares.
El Estado como mediador de la contradicción. El Estado es el instrumento político dotado de la capacidad material para asegurar que las transformaciones económicas sirvan a los fines del socialismo. En el contexto de las 176 medidas, el Estado asume las funciones de regulador, redistribuidor, planificador y garante de la coherencia sistémica del proceso.
Todas las medidas implican una profunda reestructuración del Estado (Eje 4) y una mayor autonomía municipal (Eje 5). Esta reestructuración no es un mero ajuste administrativo; Es una decisión política destinada a descentralizar el poder, haciendo que las autoridades locales gestionen su propio desarrollo. Las instituciones centrales del Estado ceden competencias en el ámbito de la planificación estratégica, la planificación territorial, la soberanía alimentaria, los servicios municipales, el desarrollo económico local, la gestión presupuestaria, la asistencia social y el control popular.
Al mismo tiempo, deben actualizar los mecanismos de control e inspección para garantizar la legalidad, la lucha contra la corrupción y la rendición de cuentas. La Medida 176, que establece un grupo de trabajo liderado por el Comité Central del PCCh y compuesto por ANPP, FGR, CGR, TSP, CECM, MINCOM, MININT y MINJUS, constituye el sistema inmunitario de transformación.
Hacer política partiendo de la contradicción entre economía y política
Partiendo de las especificidades de las formas de hacer política, las transformaciones obligan tanto al Partido como al Estado a situar su centro de mando en la contradicción dialéctica entre economía y política. El modelo político anterior no necesitaba, ni priorizaba, ni evadía la política al situarse estratégicamente en esta perspectiva: se planificaba a nivel central, las empresas y productos estaban subvencionados, los precios y salarios estaban rígidos controlados, lo que se consideraba anómalo para la construcción socialista estaba prohibido, etc. Esto, para bien o para mal, mitigaba la contradicción en un aparato burocrático que garantizaba cierta estabilidad, aunque mostraba rendimientos decrecientes.
Hoy en día, las medidas introducen mecanismos de mercado, descentralización, pluralidad de actores y una dolarización parcial. Esto significa que la economía se vuelve más dinámica, más compleja y más contradictoria. Ya no es posible “evitar” la tensión entre intereses económicos y sociales, entre el conocimiento técnico y la sabiduría popular, entre la centralización y la gestión colectiva. Esta tensión debe gestionarse conscientemente en cada decisión. Por ejemplo:
a) La eliminación de los precios máximos (Eje 13, medida 117) tiene como lógica económica la de descentralizar el poder de aprobación de precios y eliminar los precios máximos, generando un riesgo político de inflación, desigualdad y especulación. Como resultado, la intervención política va acompañada de precios diferenciados y cuotas solidarias (Eje 9), reducción de tipos impositivos para la agricultura (Eje 12, medida 108) y gestión local de la soberanía alimentaria (Eje 5, medida 43c). De este modo, la política no elimina el mercado, sino que introduce mecanismos paralelos que impiden que el mercado devora la sociedad.
b) La eliminación de las subvenciones a productos (Eje 9, medida 70) tiene como lógica económica la de eliminar el gasto fiscal y trasladar los costes reales a los precios, generando el riesgo político de afectar a los más vulnerables. Como medida de mediación, se crea simultáneamente el Fondo de Protección Social (medida 71) y la plataforma de “Soberanía” (medida 63) para registrar en tiempo real a las personas vulnerables, descentralizando el control a nivel municipal (Eje 5). Por lo tanto, hacer política partiendo de la contradicción significa no eliminar las subvenciones sin tener estos mecanismos de protección en marcha.
c) La autorización de grandes empresas privadas (Eje 1, medidas 20-21) tiene como lógica económica la de liberar las fuerzas productivas, generar empleo y atraer inversiones.
El riesgo político radica en la concentración de la riqueza y en la formación de una burguesía ajena al proyecto. Para mediar esta situación, se articula con la responsabilidad social corporativa (medida 64), incentivos fiscales al sector social (medida 112) y control popular y participación ciudadana (medida 43j).
Hacer política partiendo de la contradicción significa aprender a no considerar al empresario privado como un enemigo; sin embargo, para que esta premisa sea efectiva, es necesario transformarlo en un actor del proyecto revolucionario, no en un sujeto ajeno.
Se examinaron tres fundamentos teóricos y políticos para comprender y abordar en la práctica las transformaciones económicas, sociales y políticas destinadas a asegurar la continuidad de la construcción socialista bajo las condiciones actuales: el enfoque sistémico — sin engranajes no hay transformación socialista; la dialéctica de la economía política —la política como mediador consciente en la correlación entre las medidas económicas y las necesidades sociales; como timón y garante de la justicia popular—y de la naturaleza de clase popular del ejercicio del poder político: sin el pueblo como súbdito, no hay socialismo…
Es necesaria una profunda internalización ideológica y conductual de estos
fundaciones para darles vida en la actividad de dirección política y gobierno de transformaciones por parte de todos los componentes del sistema político, pero en particular por parte del PCCh y el Estado.
La naturaleza del desafío actual al que se enfrenta la Revolución hoy implica la capacidad de entrelazar la actividad del liderazgo político y el gobierno en la interrelación dialéctica entre economía y política, más precisamente en su contradicción. En otras palabras, abordar esta relación contradice el método cotidiano: traducirla en decisiones sistémicas que, al modificar las relaciones de producción para liberar las fuerzas productivas, consolidan el poder político popular y la justicia social; que toda medida económica vaya acompañada de su mediación política respecto a los efectos sociales, de modo que la calidad de la clase popular sea el filtro práctico de toda acción de liderazgo
Política y gobierno.
La colaboración entre gestores y directos no es un “plus” de la
transformaciones; es su dimensión política constitutiva. Las medidas proporcionan los mecanismos institucionales (municipios autónomos, responsabilidad social corporativa, plataformas digitales, control institucionalizado).
Pero estos mecanismos solo funcionan si se garantiza políticamente: la conciencia de que la participación es la esencia del socialismo, el conocimiento profundo e integral de lo que se espera, la organización territorial que lo hace posible, la comunicación que lo hace comprensible y la ética que lo preserva de distorsiones y lo arraiga en la verdad política. Sin esta garantía política, la participación se vacía de contenido y la calidad de las relaciones se deteriora.
Con ello, la participación popular se convierte en el motor subjetivo de la
transformaciones y la calidad de las relaciones entre líderes y quienes dirigieron el termómetro de su carácter socialista.
Probablemente aquí residen las matrices centrales del trabajo político e ideológico actual y su futuro.
Referencias bibliográficas
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Gobierno de la República de Cuba (junio de 2026). Transformaciones económicas
[documento gubernamental]. Escrito por: Cubadebate