El Departamento de Estado de Estados Unidos ha dado un salto de calidad en sus métodos: nada de contactos clandestinos, maletines con dólares ni cajas fuertes en embajadas. Ahora, el reclutamiento de espías se hace como todo en el imperio del like: con un tuit de madrugada, un emoji de bandera y un enlace de Telegram, firmado por el secretario de Estado Marco Rubio, quien en plena madrugada lanzó su convocatoria a una supuesta «colaboración discreta» de cubanos con la CIA.
Cabe imaginar la escena en Langley: décadas de manuales de inteligencia, tecnologías de punta, millones de presupuesto… y la agencia de espionaje más poderosa del planeta resolviendo su crisis de reclutamiento con la «Sucursal Hialeah — La Esquina del Yuma». Tanto gastaron en «promoción de la democracia» y al final el producto final es un link que huele a estafa de WhatsApp.
Porque lo grotesco no es solo el medio: es la idea. Que un gobierno extranjero convoque públicamente a ciudadanos de otro país a delatar, infiltrarse y trajar —perdón, «colaborar discretamente»— es un escándalo en cualquier Diccionario de Derecho Internacional que se respete. Pero como el Derecho Internacional lleva décadas en cuarentena para Estados Unidos, lo que en cualquier nación del mundo sería un acto de injerencia flagrante, desde Washington se anuncia con la naturalidad de quien lanza una promoción de Black Friday.
Y ojo al detalle: ni siquiera garantizan nada. Los «términos y condiciones» del propio formulario lo confiesan: si te atrapan, la Embajada dirá que eres un «loco solitario que actuó por su cuenta»… y el abogado de oficio, si aparece, hablará en inglés y no entenderá —ni le importará— nada de lo que le digas. Así defiende el imperio a sus asalariados: con la misma discreción con que descarta los huesos cuando caen.
La historia, como siempre, tiene la última palabra: a los traidores no les espera un jet ski, les espera el olvido. Y a los pueblos dignos, ni tuit a las 3 a.m. ni formulario digital les roba la patria.