En plena audiencia en el Congreso de EEUU, una joven cubanoamericana se puso de pie e interrumpió al Secretario del Tesoro. Con la voz temblando de indignación, le gritó a pocos metros:
“Mi familia está pasando hambre… en el campo llevan semanas sin corriente…
¡Sus sanciones están matando a la gente en Cuba!”.
El salón quedó en silencio absoluto y el funcionario tuvo que detener su discurso.
Esa muchacha no leyó ningún comunicado político; habló desde el dolor puro de ver a sus abuelos y a sus tíos pasar trabajo por culpa de las órdenes de asfixia que ese mismo Departamento del Tesoro firma todos los días.
Los laboratorios de odio en Florida gastan millones para vender la mentira de que la emigración aplaude el estrangulamiento de su país.
Pero este grito de dignidad los deja en ridículo: demuestra que el amor a la familia y la vergüenza están por encima de la politiquería de Miami.
El cerco financiero no castiga a un gobierno; castiga a las madres, a los ancianos y a los hogares de toda Cuba.
Y la verdad, tarde o temprano, les explota en su propia cara.