En el más reciente capítulo de la política exterior convertida en espectáculo, Estados Unidos vuelve a presentar a Cuba como una amenaza estratégica de alto nivel. La acusación, amplificada por figuras como Marco Rubio, describe a la isla como un nodo de espionaje, terrorismo e influencia global. Una especie de villano geopolítico… con economía restringida y bajo embargo.
Pero hay un detalle incómodo que no encaja del todo en el guion.
Mientras se construye esta narrativa, investigaciones de medios como The New York Times y Politico revelan que la CIA ha organizado —no en teoría, sino en la práctica— un grupo de trabajo secreto dedicado exclusivamente a Cuba. Con oficiales de caso, especialistas en ciberoperaciones y expertos en influencia encubierta. Así, el país con la mayor capacidad de vigilancia global advierte sobre el espionaje de un país al que, simultáneamente, dedica recursos para infiltrar, influir y desestabilizar. Y lo presenta no como agresión, sino como defensa.
La narrativa de “Cuba como amenaza” no es nueva. Se recicla con distintos matices: terrorismo, influencia ideológica, alianzas estratégicas con potencias rivales. Sin embargo, al contrastarla con la realidad de un país sometido a décadas de presión económica, aislamiento, amenazas y actividades encubiertas, la imagen empieza a tambalearse. Resulta difícil sostener que una nación con recursos limitados sea, al mismo tiempo, un actor capaz de desafiar la maquinaria de inteligencia más sofisticada del planeta.
En este contexto las declaraciones infundadas del gobierno de Estados Unidos contra Cuba, no solo resultan profundamente cuestionables, sino que evidencian una estrategia reiterada de manipulación narrativa: convertir en amenaza a quien ha sido históricamente objeto de presión, intervención y operaciones encubiertas. Cuando el mismo actor que acumula poder militar desproporcionado, antecedentes documentados de injerencia y capacidad global de espionaje intenta presentarse como víctima, lo que queda al descubierto no es un peligro real, sino una política que necesita fabricar enemigos para justificarse.